Las virtudes del «otro» Kurosawa
Cuando pensamos en el cine japonés es casi imposible no evocar la figura de Akira Kurosawa. Lo recordamos por encima de otras figuras clásicas como Yasujiro Ozu, Kinuyo Tanaka o Kenji Mizoguchi; de los realizadores más subversivos de los setenta y ochenta como Nagisa Oshima o Seijun Suzuki; o de figuras actuales como pueden ser Naomi Kawase, Hirokazu Koreeda o Ryusuke Hamaguchi.
El apellido Kurosawa nos lleva de inmediato a películas épicas y trascendentales como Los siete samuráis (1954), Ran (1985), a obras más políticas y trágicas —Ikiru (1952), El infierno del odio (1963), Dersu Uzala (1975)— o a epopeyas oníricas llenas de color —Kagemusha (1980), Sueños (1990)—; todas ellas de Akira Kurosawa. Sin embargo, no es el único Kurosawa que ha dejado una huella importante en la historia del cine. Hay un «otro» Kurosawa más desconocido que merece nuestra atención: Kiyoshi Kurosawa.
Su carrera como director empieza a finales de los setenta, pero no es hasta principios de los noventa cuando le llegan la fama y el reconocimiento.
A las puertas del cambio de siglo nos regala Cure (1997), una obra maestra en clave de thriller psicológico en la que Koji Yakusho —el amable empleado de limpieza de Perfect Days (Wim Wenders, 2023)— interpreta a un detective de policía que investiga a un asesino en serie que comete sus crímenes de una forma muy peculiar.
Esta película contiene los ejes de la particular mirada de Kiyoshi Kurosawa hacia el cine y hacia el mundo. Sus películas son herederas de dos corrientes, de dos miradas. Por un lado, abraza y reformula las claves del cine de género: en especial del terror, las artes marciales y las películas de espías y suspense. Por otro, bebe de un cine crítico que reflexiona y metaforiza sobre el sufrimiento y los cambios de nuestra sociedad.
A partir de Cure, Kiyoshi Kurosawa fue dirigiendo otras películas en las que se reflejan los miedos ante una sociedad alienada e inducida a una despersonalización devastadora. The Serpent’s Path (1998), Charisma (1999) o la maravillosa Pulse (2001) —una película de terror en la que las nuevas tecnologías adquieren un papel central— son ejemplos de esta mirada, materializada con una exquisita puesta en escena y un gran control del tempo, de las pausas, de las dilataciones del tiempo y del frenesí angustioso cuando la historia lo pide.
Con películas como Tokyo Sonata (2008) y To the Ends of the Earth (2019), Kurosawa traslada su mirada a la cotidianidad, pero siempre con una técnica cautivadora y reflexiva con la que cuestiona las costumbres más arraigadas de nuestro día a día.
Hoy en día, con la experiencia, la cautela y la madurez de un artesano del cine, se interesa por esta forma de pensar el mundo actual, como hace en sus últimas Chime (2024) y Cloud (2024), de un estilo más cercano al terror y al thriller.
Así llegamos a su última obra, El samurái y el prisionero (2026), en la que Kurosawa ha decidido proponerse (y proponernos) un nuevo reto: trasladar sus inquietudes y formas de narrar al Japón medieval, concretamente al período Sengoku, en el año 1578. Aun así, podemos estar seguros de que esta película será más actual y atemporal de lo que podamos pensar.
La historia narra la alianza entre un señor feudal y uno de sus prisioneros para descubrir quién está detrás de una serie de crímenes inexplicables, mientras se enfrentan a uno de los clanes más peligrosos de todo Japón. Con esta premisa misteriosa e intrigante —que recuerda a la alianza entre Clarice Starling y Hannibal Lecter en El silencio de los corderos (Jonathan Demme, 1991)—, Kiyoshi Kurosawa se propone sumergir a los espectadores en una trama sorprendente donde nada es tan claro como parece.
Con influencias tan claras como Los siete samuráis y Harakiri (Masaki Kobayashi, 1962), El samurái y el prisionero es una película de acción e intriga, madura y poética, que ha maravillado a directores tan imponentes como Martin Scorsese y que seguro que no dejará indiferente a ningún espectador.
A partir del 23 de octubre en CineCiutat.
Guillem Amengual Jaume